Las mentiras de Occidente
Heinz Dieterich Steffan
10-10-2001
Las mentiras de los medios de comunicación del Primer Mundo y de sus
funcionarios gubernamentales, sobre la guerra contra Afganistán son
asombrosas. Confiando en la "corta" memoria de los ciudadanos y su
escaso nivel teórico, los heraldos de la prensa libre y democracia
occidental no escatiman falsedades ni engaños para manipular a la
opinión pública mundial.
Entre esas mentiras se encuentra la creciente campaña que
trata de vincular a los Talibán con el narcotráfico. La verdad es
esta: después de la invasión soviética a Afganistán en 1979, la
Central de Inteligencia (CIA) estadounidense y su contraparte
pakistaní, el Inter Servicios de Inteligencia (ISI), establecieron
una extensa red de laboratorios de heroína en las zonas fronterizas
de Afganistán y Pakistán, para financiar la guerra contra la URSS. El
opio procesado en esos laboratorios provenía de los campesinos que
fueron obligados por los guerrilleros afganos (mujahedines) a
cultivar la planta como "impuesto revolucionario". Dentro de dos
años de la llegada de la CIA, esas zonas se convirtieron en la región
más grande de producción de heroína en el mundo y en el principal
proveedor de la droga que se consumía en las calles de Estados
Unidos. El impacto sobre la salud pública de la región fue
desastroso. El número de adictos a la heroína creció tan sólo en
Pakistán de prácticamente cero en 1979, a 1.5 millones en 1985.
Cuando los Talibán llegaron al poder en 1995, la práctica del
cultivo de opio seguía con tal magnitud que Afganistán produjo en
1999 el 75 por ciento del opio mundial y en el año 2000, el 70 por
ciento. Sin embargo, en el año en curso, los Talibán prohibieron los
cultivos y esa medida redujo el volumen mundial, según fuentes de la
ONU, en un sesenta por ciento. Pero, mientras los Talibán reprimieron
los cultivos, la Alianza del Norte ---el aliado principal de
Washington y del Primer Mundo en la guerra contra los Talibán---
incrementó su producción, cosechando entre 120 y 150 toneladas
anuales, equivalentes a un valor de 30 a 50 millones de dólares. Es
decir, en la actualidad, los narcoproductores y narcotraficantes en
Afganistán no se encuentran entre las filas del Talibán, sino luchan
juntos con George Bush II, Tony Blair y Gerhard Schroeder contra
Kabul.
Una segunda quimera es la del temible aparato militar de los
Talibán y de la guerra que Occidente está librando. En Afganistán no
hay una guerra, es decir un conflicto bélico entre las fuerzas
armadas de dos Estados soberanos, sino la matanza de los miembros de
una milicia autóctona tribal por los ejércitos profesionales más
poderosos de la historia. Es la típica matanza colonial, tal como
hicieron los europeos en su invasión al hemisferio occidental en 1492
y en las conquistas de Africa y Asia, en la cual la muy superior
tecnología militar de Occidente se expresa en sangrientas
expediciones de castigo y sometimiento, más no en guerras. De ahí,
que cuando el comandante del Estado Mayor estadounidense, cubierto
de condecoraciones de su heroica carrera militar, se presenta el
tercer día de la agresión en una conferencia de prensa para declarar
con voz solemne y orgullosa que Estados Unidos ha "conquistado la
superioridad aérea" sobre Afganistán, uno no sabe si reír o llorar
ante esta farsa propagandística del Pentágono.
Otro mito de los arquitectos de la guerra se refiere a la
destrucción de los campamentos del movimiento de bin Laden en
Afganistán como uno de los objetivos centrales de los bombardeos.
Cuando la CIA y el ISI crearon la infraestructura para el
entrenamiento de los mujahedines anti-soviéticos no pudieron hacerlo
dentro de Afganistán, porque estaba ocupado por el Ejército Rojo.
Ambos servicios secretos entrenaron más de cien mil guerrilleros de
cuarenta países durante la guerra y la mera dimensión de la tarea
hubiera hecho imposible realizarla bajo los satélites espías y
aviones de reconocimiento de la URSS. Los campamentos se
establecieron, por lo tanto, en la retaguardia de la guerra, donde
eran intocables para los soviéticos, es decir, en Pakistán. Esto
explica, porque Washington no ha podido destruir más de siete campos
de entrenamiento abandonados en Afganistán, porque la abrumadora
mayoría, más de cien, se encuentran en Pakistán. Sin embargo, este
fundamental hecho no encuentra cabida en las Pravdas occidentales.
Como tampoco encuentra cabida el hecho de que el Talibán es una
criatura generada por Washington y Pakistán. Cuando la invasión
soviética, Washington decidió que el entrenamiento militar de fuerzas
islámicas y su conversión en guerreros del Yihad podía ser el
vehículo definitivo para destruir a la Unión Soviética. Después de la
retirada del Ejército Rojo, esos guerrilleros integristas entrarían
en las repúblicas de Asia Central ---y, también en las regiones
islámicas de China--- para terminar con el "comunismo". Después de la
retirada soviética en 1989, diferentes fuerzas afganas lucharon por
el poder, hasta que en 1995 los Talibán conquistaron Kabul. Y, ¿cómo
fue posible, que un movimiento universitario de estudiantes
religiosos (Talibán) conquistaran casi un país entero? Sencillamente,
porque Pakistán, en connivencia con Washington, instaló su propio
gobierno títere en Afganistán. En palabras de Benazir Bhutto, Primera
Ministra de Pakistán de 1993 a 1996: "Los Talibán se levantaron y
nosotros los abrazamos porque los vimos como un vehículo para
satisfacer nuestros propios intereses económicos en Asia Central. Los
Talibán dependían de nuestra benevolencia..."
Otro sainete de la mercadotecnia política estadounidense es el
topos de que Washington quiere establecer la democracia en
Afganistán. Washington es la principal potencia destructora de la
democracia en el Tercer Mundo y Afganistán no es la excepción.
Durante muchos años, Estados Unidos no hizo nada para combatir a la
dictadura de los Talibán que de manera criminal reprimía los derechos
humanos de las mujeres y de todo disidente, producía heroína y
destruía el patrimonio cultural budhista de la humanidad en ese país.
Así mismo, su principal aliado asiático en la guerra es la dictadura
militar del general Musharraf, en Pakistán. Las repúblicas centro-
asiáticas, a su vez, son gobernadas por la vieja nomenclatura
corrupta del socialismo realmente existente, junto con el crimen
organizado y las transnacionales del petróleo y del gas natural. Y lo
mismo es válido para Rusia.
En Medio Oriente, Washington es el aliado incondicional de
Israel, cuyo gobierno practica sistemáticamente desde hace medio
siglo casi todas las formas del terrorismo de Estado. En Kuwait,
después de la retirada de las fuerzas iraquíes la Casa Blanca no
instaló la democracia, sino restableció la corrupta dinastía real
en el poder. Y cuando estuvo en condiciones de retirar el criminal
régimen de Saddam Husseín ---otro aliado íntimo desde hace mucho
tiempo— del poder, para permitir la autodeterminación y la
democracia a su pueblo y a los kurdos, lo mantuvo incólume para
proteger sus intereses económicos y políticos en la región. Arabia
Saudita y los demás reinados mercantil-feudales de la región
consideran a la democracia y los derechos humanos manifestaciones del
libertinaje occidental que tienen que ser reprimidos. En Egipto, la
dictadura de Hosni Musbarak gana las elecciones libres con el 98 por
ciento de los votos populares y la dictadura militar en Argelia ni
pierde su tiempo con fachadas democráticas.
En el concierto de mentiras no podía faltar el supuesto
carácter humanístico de la intervención. Para enfatizarlo, Estados
Unidos tiró 37 mil 500 raciones de "ayuda humanitaria" desde aviones
en misión nocturna sobre Afganistán. Cada una cuesta alrededor de un
dólar y medio y viene con un instructivo en perfecto inglés. Lo tiró
sobre un país cuya población con necesidades alimenticias urgentes es
calculada por la ONU en 8 millones de habitantes. En un país, donde
hay 10 millones de minas terrestres. ¿Cuánta gente va a morir en esos
campos de minas no mapeados, tratando de recuperar el maná
estadounidense que entre mísiles cruceros y bombas guiadas les cae
del cielo? ¿Y como compara este gasto "humanitario" por la población
afgana con los costos de la primera noche de ataques aéreos que, en
un cálculo conservador alcanzan alrededor de quinientos millones de
dólares?
Habría que decir mucho más sobre la avalancha de las
mentiras occidentales, incluyendo aquella de la "guerra religiosa"
(Alain Touraine) y del "nihilismo apocalíptico" (profesor de Harvard)
que supuestamente motiva a los terroristas. Pero por suerte, una
parte considerable de la prensa y de los intelectuales
latinoamericanos han sabido mantener su independencia frente a la
incesante propaganda del Grupo G-7, que disparan las ametralladoras
televisivas de la CNN y demás transnacionales de adoctrinación del
Primer Mundo, hecho que facilita penetrar la teología política de los
ayatolahs occidentales para llegar a la verdad. Y es esta verdad que
nos hace libres.
página da SOMA
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